Piccolina abre su novena heladería en Melbourne
La nueva Piccolina de Bourke Street suma una decoración inspirada en la fiebre del oro y un cartel de menú de cristal pintado a mano de ocho metros a la novena tienda de la cadena en Melbourne.

Piccolina Bourke Street abrió el 30 de septiembre como la novena heladería de la cadena en Melbourne, en el número 68 con un techo dorado y un cartel de menú pintado a mano de ocho metros.
La fundadora Sandra Foti construyó el local con los diseñadores Nick Cox, de Projects of Imagination, y March Studio, con un guiño a la fiebre del oro de la década de 1850, el periodo que levantó buena parte de la trama de callejones de alrededor. El terrazo de ajedrez y los paneles de cristal acanalado remiten a los escaparates Art Nouveau de Collins Street, a pocas manzanas de allí.
El propio cartel del menú está formado por 70 piezas de cristal antiguo, pintadas a mano en lugar de impresas, un detalle que acerca la tienda más a una lechería de los años treinta que a un local de cadena, pese a ser el noveno de Piccolina.
Espero que añadamos una capa más a un barrio ya de por sí increíble e histórico.
Los sabores mantienen el catálogo base de 17 de las demás tiendas Piccolina, con un pistacho elaborado con mantequilla de frutos secos propia y una stracciatella sobre fior di latte con virutas de chocolate negro, además de tres sabores que rotan cada semana. La semana de apertura sumó un sabor de tarta de queso con Bailey's, uno de «hedgehog» y un caramelo de cacahuete masticable.
«Nos sentimos muy privilegiados de formar parte de esto», dijo Foti sobre su llegada al entorno de Bourke Street. «Espero que añadamos una capa más a un barrio ya de por sí increíble e histórico».
Una novena tienda sin perder el aire de comercio de barrio
Llegar a nueve tiendas es el punto en el que la mayoría de las cadenas de postres empiezan a parecer idénticas de un escaparate a otro. Piccolina ha hecho lo contrario, dándole a Bourke Street un diseño propio en lugar de una plantilla repetida, el mismo enfoque que ha permitido que la escena de postres de Melbourne mantenga su carácter calle a calle a medida que crece.
Las tartas heladas, entre ellas una bombe alaska y una tartufo, amplían el formato más allá del mostrador de bolas, junto con frappés y tarrinas para llevar de hasta 1,5 litros para quien quiera llenar el congelador en vez de comer en el local.
Por qué el tema de la fiebre del oro sigue vendiendo en Melbourne
La historia de la fiebre del oro de Melbourne se reutiliza constantemente en el imaginario local, de nombres de pubs a murales en los callejones, porque sigue leyéndose como el relato fundacional de la ciudad y no como algo prestado. La apuesta de Piccolina es que un cartel de cristal de ocho metros capta más atención parado que un sabor de bola más.


